Allí estaba sentada en el frío suelo de aquella habitación, la nada y el vacío envolvían el ambiente, donde las cuatro paredes se estrechaban cada vez más para apoderarse de lo poco que quedaba de mí. Me preguntaba cómo había llegado a ese lugar tan sombrío y silencioso, con la única compañía de unas cadenas que recorrían mi cuerpo y que no dejaban resquicio alguno para el movimiento.
Quién me habría hecho semejante atrocidad, con qué motivo, con qué propósito. Tantas y tantas preguntas me hacía, que empecé a ver enemigos por todas partes, esperando impacientes que esta vida se vaciase y dejase de luchar contra esas cadenas que me privaban de mi libertad.
Absorta en mis pensamientos, sentí un leve ruido, se trataba del ruido de un picaporte al girar para abrir una puerta. De repente un rayo de esperanza se dejaba aparecer por aquel lugar en forma de…, no sabría como describirlo, su luz me cegaba, y no podía ver quién era. Solo me atreví a pedirle, a implorarle:
- ¡Por favor! Desátame, estas cadenas me están matando, no puedo con el dolor. Sácame de aquí, te lo ruego, no sé que hago aquí.
Solo el silencio contestó, aunque esa luz empezó a acercarse a mí, y mirándome a los ojos me dijo:
- No puedo, aunque quisiera, tú no me dejarías. La única persona que puede liberarte de esas cadenas, está en ti.
Dichas estas palabras, desapareció. Esas palabras me dejaron aturdida, cómo no iba a querer que me ayudase, qué sandeces eran aquellas, en las que la única persona que podría sacarme de allí, era yo misma.
Entonces opté por romper esas cadenas a la fuerza, ya que tenía que depender de mí. Con todas mis energías traté de romperlas y escaparme de ellas, pero todos mis esfuerzos eran en balde, estaba exhausta, y las cadenas estaban allí, sarcásticas riéndose de mí.
De repente, me sorprendí llorando, y con la respiración entrecortada, por primera vez sentía un miedo tan inmenso, que me embargaba todo mi ser. Tenía miedo a ese lugar, tenía miedo a estar sola, tenía miedo a morir entre esas cuatro paredes que me hacían cada vez más pequeña, tenía miedo a lo que podría sentir, tenía miedo al dolor, al sufrimiento; sentía tanto miedo que incluso dejé de llorar.
Absorta en aquellos pensamientos, en un momento imperceptible de lucidez, me percaté de las veces que la palabra miedo retumbaba en mi interior. Pensé en él, de qué tenía miedo y para qué, me adentré en él para conocerlo, para fusionarme en él.
Experimenté el miedo, y lo conocí, frente a frente le vi, y le espeté,“¿para qué sirves?”. Dichas estas palabras, dejé de tener miedo.
Estaba tan metida en mis propias pensamientos, sintiendo qué es el miedo, que cuando abrí los ojos observé a mi alrededor que aquellos enemigos habían desparecido, las paredes estaban en su lugar y las cadenas, esas cadenas que me privaban de mi libertad, estaban rotas e inservibles. Con el valor suficiente me levanté y con paso firme me dirigí hacia la salida, no sabía muy bien que me iba a encontrar, aunque ya no tenía miedo. Cuando salí de la habitación vi la luz, una brisa que me transmitía paz y tranquilidad. Allá, tras de mí, dejé la habitación que ya no estaba, había desparecido, pues ahora estaba libre de mis propios miedos.
Esos miedos irracionales, son los que nos bloquean, lo que nos paralizan, los que nos privan de la libertad de nuestro ser. No hay que tener miedo al miedo, no hay que evitarlo, ni buscar atajos para no encontrarnos con él, hay que sentirlo, porque solo viviendo el miedo, entendiéndolo y mirándolo de frente, esas cadenas desaparecerán y podremos al fin caminar y dejaremos de ser nuestros peores enemigos.
Quién me habría hecho semejante atrocidad, con qué motivo, con qué propósito. Tantas y tantas preguntas me hacía, que empecé a ver enemigos por todas partes, esperando impacientes que esta vida se vaciase y dejase de luchar contra esas cadenas que me privaban de mi libertad.
Absorta en mis pensamientos, sentí un leve ruido, se trataba del ruido de un picaporte al girar para abrir una puerta. De repente un rayo de esperanza se dejaba aparecer por aquel lugar en forma de…, no sabría como describirlo, su luz me cegaba, y no podía ver quién era. Solo me atreví a pedirle, a implorarle:
- ¡Por favor! Desátame, estas cadenas me están matando, no puedo con el dolor. Sácame de aquí, te lo ruego, no sé que hago aquí.
Solo el silencio contestó, aunque esa luz empezó a acercarse a mí, y mirándome a los ojos me dijo:
- No puedo, aunque quisiera, tú no me dejarías. La única persona que puede liberarte de esas cadenas, está en ti.
Dichas estas palabras, desapareció. Esas palabras me dejaron aturdida, cómo no iba a querer que me ayudase, qué sandeces eran aquellas, en las que la única persona que podría sacarme de allí, era yo misma.
Entonces opté por romper esas cadenas a la fuerza, ya que tenía que depender de mí. Con todas mis energías traté de romperlas y escaparme de ellas, pero todos mis esfuerzos eran en balde, estaba exhausta, y las cadenas estaban allí, sarcásticas riéndose de mí.
De repente, me sorprendí llorando, y con la respiración entrecortada, por primera vez sentía un miedo tan inmenso, que me embargaba todo mi ser. Tenía miedo a ese lugar, tenía miedo a estar sola, tenía miedo a morir entre esas cuatro paredes que me hacían cada vez más pequeña, tenía miedo a lo que podría sentir, tenía miedo al dolor, al sufrimiento; sentía tanto miedo que incluso dejé de llorar.
Absorta en aquellos pensamientos, en un momento imperceptible de lucidez, me percaté de las veces que la palabra miedo retumbaba en mi interior. Pensé en él, de qué tenía miedo y para qué, me adentré en él para conocerlo, para fusionarme en él.
Experimenté el miedo, y lo conocí, frente a frente le vi, y le espeté,“¿para qué sirves?”. Dichas estas palabras, dejé de tener miedo.
Estaba tan metida en mis propias pensamientos, sintiendo qué es el miedo, que cuando abrí los ojos observé a mi alrededor que aquellos enemigos habían desparecido, las paredes estaban en su lugar y las cadenas, esas cadenas que me privaban de mi libertad, estaban rotas e inservibles. Con el valor suficiente me levanté y con paso firme me dirigí hacia la salida, no sabía muy bien que me iba a encontrar, aunque ya no tenía miedo. Cuando salí de la habitación vi la luz, una brisa que me transmitía paz y tranquilidad. Allá, tras de mí, dejé la habitación que ya no estaba, había desparecido, pues ahora estaba libre de mis propios miedos.
Esos miedos irracionales, son los que nos bloquean, lo que nos paralizan, los que nos privan de la libertad de nuestro ser. No hay que tener miedo al miedo, no hay que evitarlo, ni buscar atajos para no encontrarnos con él, hay que sentirlo, porque solo viviendo el miedo, entendiéndolo y mirándolo de frente, esas cadenas desaparecerán y podremos al fin caminar y dejaremos de ser nuestros peores enemigos.
1 comentario:
Un relato muy bueno. Tiene un fondo y una forma extraordinarias... Y sabe a poco, creo que deberías hacerlo más largo. Te noto más cómoda, quizá, en el relato, pero tú nos dirás...
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